Tierra de hombres
Tierra de hombres âÂżQuĂ© hacĂas en Marrakech, Bark?
En Marrakech, donde sin duda todavĂa vivĂan su mujer y sus tres hijos, habĂa ejercido un magnĂfico oficio:
âEra conductor de rebaños ÂĄy me llamaba Mohammed!
AllĂ los caĂdes le convocaban: «Tengo bueyes para vender, Mohammed; vete a buscarlos a la montaña».
O bien:
«Tengo mil corderos en el llano; llévalos mås arriba, a los pastos».
Y Bark, armado con un cetro de olivo, gobernaba su Ă©xodo. Ănico responsable de un pueblo de ovejas, reteniendo a las mĂĄs ĂĄgiles, por los corderillos que tenĂan que nacer, y sacudiendo un poco a las perezosas, marchaba apoyado en la confianza y en la obediencia de todos. Era el Ășnico que conocĂa las tierras prometidas hacia las que subĂan, el Ășnico que sabĂa leer el camino en los astros, que poseĂa un saber que las ovejas no comparten. Era el Ășnico que, en su sabidurĂa, decidĂa la hora del descanso, la hora d e las fuentes. Y, al llegar la noche, en pie velando el rebaño, enternecido frente a aquella debilidad ignorante, bañado en lana hasta las rodillas, Bark, mĂ©dico, profeta y rey, rogaba por su pueblo.
Un dĂa le abordaron unos ĂĄrabes:
âVen con nosotros a buscar unos animales al Sur.