Tierra de hombres
Tierra de hombres Él, puesto que era libre, poseía los bienes esenciales, el derecho de hacerse querer, de ir al Norte o al Sur y de ganarse la vida con su trabajo. Para qué aquel dinero… Lo que sentía, como se siente un hambre atroz, era la necesidad de ser un hombre entre los hombres, ligado a los hombres. Las bailarinas de Agadir habían sido cariñosas con el viejo Bark, pero él las había dejado sin esfuerzo, lo mismo que las había encontrado; ellas no lo necesitaban. El camarero del puesto árabe, los transeúntes de las calles, todos respetaban en él al hombre libre, compartían su sol con él, en condiciones de igualdad; pero tampoco ninguno había demostrado que tuviera necesidad de él. Era libre, infinitamente, hasta el punto de no sentir ya su peso sobre la tierra. Le faltaba ese peso de las relaciones humanas que dificulta el camino, esas lágrimas, esas despedidas, esos reproches, esas alegrías, todo lo que un hombre acaricia o desgaja cada vez que esboza un gesto, esos mil vínculos que le atan a los demás y le hacen ganar peso. Pero, sobre Bark ya planeaban mil esperanzas…