Tierra de hombres
Tierra de hombres Después de una hora y media de vuelo, la lluvia se calma. Las nubes siguen estando muy bajas, pero la luz ya comienza a atravesarlas como una sonrisa ancha. Admiro la lenta preparación del buen tiempo. Puedo adivinar la presencia de una débil capa de blanco algodón sobre mi cabeza.
Giro oblicuamente para evitar un chaparrón: ya no hace falta cruzar su corazón. Aparece la primera abertura…
La he presentido sin verla, porque a mÃ, en el mar, veo una estela color de pradera, una especie de oasis de un verde luminoso y profundo parecido a los campos de cebada que, en el Sur de Marruecos, me encogÃan el corazón cuando regresaba de Senegal, después de tres mil kilómetros de arena. También aquà experimento el sentimiento de abordar una provincia habitable y saboreo un gozo liviano. Me vuelvo a Prévot:
—¡Ya está, esto marcha!
—¡SÃ, todo va bien!