Tierra de hombres
Tierra de hombres En ruta. Dos horas de luz todavÃa. Cuando llego a TrÃpoli ya me he quitado las gafas de sol y la arena está adquiriendo una tonalidad dorada. ¡Dios! ¡Qué desierto está este planeta! Una vez más, los rÃos, las sombras y los lugares donde habitan los hombres me parecen debidos a conjunciones fruto de un dichoso azar. ¡Cuánta roca y arena!
Pero todo esto me resulta extraño, yo vivo en el dominio del vuelo. Siento acercarse la noche ahÃ, donde uno se encierra como dentro de un templo, practicando ritos esenciales en una meditación sin consuelo. Todo este mundo profano ya se está borrando, ya va a desaparecer. Una luz dorada alimenta todavÃa el paisaje pero, en él, algo comienza a evaporarse y yo, yo no conozco nada, nada que valga la pena tanto como este momento. Quienes han padecido el inefable amor por el vuelo me comprenden.
Asà pues, poco a poco, renuncio al sol renuncio a las grandes superficies doradas que, en caso de averÃa, me hubieran acogido… Renuncio a los puntos de referencia que me hubieran guiado.
Renuncio a los perfiles de las montañas contra el cielo que me hubieran evitado los escollos.
Entro en la noche. Navego. Ya sólo me quedan las estrellas…
