Tierra de hombres
Tierra de hombres De nuevo he acariciado una verdad que no comprendo del todo. Me he visto perdido, he querido tocar fondo mi desesperación y, una vez aceptada la renuncia, he conocido la paz. Me parece que es, en esos momentos, cuando uno se encuentra consigo mismo y se transforma en su propio amigo. Nada prevalece ya frente a un sentimiento de plenitud que satisface en nosotros no sé qué necesidad esencial que no conocemos. Supongo que Bonnafous, que se agotaba desplazándose con el viento ha conocido esa serenidad. La misma que Guillaumet, en su nieve. ¿Cómo podré yo mismo olvidar que, enterrado en la arena hasta la nuca, y degollado lentamente por la sed, he sentido tanto calor en el corazón bajo mi esclavina de estrellas?
¿Cómo favorecer en nosotros semejante liberación? Es bien sabido que todo es paradójico en el hombre. Cuando al creador se le garantiza sustento, se duerme; el conquistador victorioso se ablanda; el generoso, si se enriquece, se vuelve tacaño. ¿Qué nos importan las doctrinas políticas que pretenden lograr la plenitud de los hombres si, en primer lugar, no conocemos qué tipo de hombre quieren formar? ¿Qué nacerá? No somos ganado para el engorde, y la aparición de un Pascal pobre pesa mucho más que el nacimiento de algunos prósperos anónimos.
