Tierra de hombres
Tierra de hombres Seguimos bebiendo coñac. A mi derecha están jugando una partida de ajedrez. A mi izquierda cuentan historias. ¿Dónde estoy? Entra un hombre medio borracho. Se acaricia una hirsuta barba y desliza sobre nosotros una mirada dulce. Sus ojos se dirigen al coñac, se apartan, vuelven al coñac, se gira, suplicante, al capitán. El capitán rÃe por lo bajo. El hombre, esperanzado, rÃe también. Una leve risa contagia a los espectadores. El capitán, con suavidad, retira la botella, la mirada del hombre transluce desesperanza, y asà se inicia un juego pueril, una especie de ballet silencioso que, entre el humo espeso de los cigarrillos, la usura de la blanca noche, la imagen del próximo ataque, es como un sueño.
Y, aunque fuera las explosiones redoblan como golpes de mar, nosotros seguimos jugando, al abrigo de la cala en nuestro navÃo.
Muy pronto, en las regias aguas de la noche de guerra, estos hombres se limpiarán el sudor, el alcohol, la mugre de la espera. Siento que están muy cerca de su purificación. Pero ellos, tan lejos como pueden, siguen bailando la danza del borracho y la botella. Aunque han puesto en despertador en un estante. Y el repiqueteo sonará. Y en ese momento los hombres se levantarán, se desperezarán y se ajustarán el cinturón. Y en ese momento el capitán descolgará su revólver.