Tierra de hombres
Tierra de hombres Flotaba un vago ruido de roncos ronquidos, de oscuras quejas, del raspar de los zapatones de quienes, cansados de dormir sobre un costado, lo intentaban sobre el otro. Y sin parar, siempre en sordina, aquel inagotable acompañamiento de guijarros arrastrados por el mar.
Me senté frente a una pareja. Entre el hombre y la mujer, el niño, mal que bien, se habÃa hecho un hueco y dormÃa. Durante el sueño se dio la vuelta y, bajo la lamparilla, pude ver su rostro.
¡Ah! ¡Qué carita tan adorable! HabÃa nacido de esa pareja una suerte de fruto dorado. De los pesados harapos habÃa nacido un logro de encanto y de gracia. Me incliné sobre esa frente lisa, sobre el tierno mohÃn de los labios y me dije: he aquà un rostro de músico, he aquà a Mozart niño, he aquà una hermosa promesa de vida. Los principitos de las leyendas no eran diferentes a él: protegido, atendido, cultivado. ¡Qué no llegarÃa a ser! Cuando por mutación nace en los jardines una nueva rosa, todos los jardineros se conmueven. Se la aÃsla, se la cultiva, se la mima. Pero, no hay jardinero para los hombres. Mozart niño también será transformado como los otros en la máquina de troquelar. Los logros más grandes que Mozart alcanzará serán los de una música deleznable en la fetidez de los cafetuchos. Mozart está condenado.