Tierra de hombres
Tierra de hombres Pero lo auténticamente maravillosos era que allí, erguida sobre la redonda espalda del planeta, entre el lienzo magnético y las estrellas, había una conciencia de hombre en la que aquella lluvia podía reflejarse como en un espejo. Un sueño sobre un fondo de conchas es un milagro.
Recuerdo ahora otro sueño…
Estaba esperando la llegada del alba, perdido, una vez más, en una región de espesa arena.
Colinas de oro ofrecían su luminosa ladera a la luna, mientras lienzos de sombra se alargaban hasta los linderos de la luz. En aquella cantera desierta, de luna y sombra, reinaba una paz de trabajo interrumpido, pero también un silencio de emboscada en cuyo corazón yo me dormí.
Cuando desperté sólo vi la laguna del cielo nocturno, pues estaba tumbado sobre una cresta, con los brazos en cruz, frente a aquel vivero de estrellas. Como todavía no había comprendido aquella profundidad, sentí vértigo, sentí que, desligado, arrojado en un descenso semejante al del buceador, necesitaba una raíz a la que agarrarme, un techo, una rama de árbol que se interpusiera entre la profundidad y yo.
Pero no me caí. Me sentí clavado a la tierra, de la cabeza a los pies, y, cuando le entregué mi peso, una cierta sensación de paz se apoderó de mí. Como el amor, la gravedad se me antojó soberana.
