Tierra de hombres
Tierra de hombres —Ellas tienen su nido en un agujero bajo la mesa.
—Alrededor de las diez de la noche vuelven. —Añadió la hermana.— Cazan de dÃa.
A mi vez, a hurtadillas, miré a las jóvenes. Su finura, su risa silenciosa detrás de los rostros apacibles. Admiré la majestuosidad con la que gobernaban su reino…
Ahora, me parece un sueño. Todo ello queda muy lejos. ¿Qué se ha hecho de esas dos jóvenes?
Sin duda se han casado. Pero, entonces, ¿han cambiado? Es muy serio pasar del estado de muchachas al de mujer. ¿Qué estarán haciendo en su nueva casa? ¿Qué se ha hecho de sus relaciones con los hierbajos y las serpientes? Ellas formaban parte de algo universal. Pero llega un dÃa en que la mujer se despierta dentro de la joven. Una sueña con otorgar, finalmente, un diecinueve. Un diecinueve pesa en el fondo del corazón. Entonces se presenta un imbécil. Por primera vez, la aguda mirada se equivoca y se ilumina con bellos colores. Si el imbécil hace versos, creen que es poeta. Se cree que comprende los pisos agujereados, se cree que ama a las mangostas. Se cree que lo halaga la confianza de una vÃbora que cimbrea bajo la mesa entre las piernas. Se le entrega el corazón que es un jardÃn salvaje, a él, que sólo ama los parques cuidados de la ciudad. Y el imbécil se lleva, como esclava, a la princesa.