Vuelo nocturno

Vuelo nocturno

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III

El ruido del lejano motor se hacía cada vez más denso: maduraba. Se encendieron los faros. Las luces rojas del balizaje hicieron surgir un cobertizo, los mástiles de la T. S. H., una pista cuadrada. Se preparaba una fiesta.

—¡Helo aquí!

El avión corría ya en el haz de los faros. Tan brillante, que parecía nuevo. Pero, cuando finalmente se paró frente al cobertizo, mientras los mecánicos y los obreros se apresuraban a descargar el correo, el piloto Pellerin no daba señales de vida.

—Pero ¿a qué espera para bajar?

El piloto, ocupado en alguna misteriosa faena, no se dignó responder. Probablemente escuchaba aún, en su interior, el estrépito del vuelo. Movía lentamente la cabeza, e inclinado hacia adelante, manipulaba algo. Por fin, volvióse a los jefes y camaradas, considerándolos con silenciosa gravedad, como si fueran de su propiedad. Parecía contarlos, medirlos, pesarlos, y pensaba que se los merecía de sobras, a ellos, y también ese cobertizo en fiesta, y ese su tráfico, sus mujeres y su tibieza. Poseía a ese pueblo en sus anchas manos, como súbditos suyos, pues podía tocarlos, oírlos, insultarlos. Pensó primero insultarlos por estarse allí, tan tranquilos, tan seguros de vivir, admirando la Luna, pero fue benigno:

—¡Me pagaréis una copa! Y descendió.


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