Historia general de los robos y asesinatos de los mas famosos piratas

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El capitán Rogers despachó una balandra para traer provisiones, dando el mando a un tal John Augur, pirata acogido al edicto de perdón; en su viaje topó con dos balandras, y John y sus compinches, que no habían olvidado su anterior profesión, hicieron uso de su antigua libertad y les quitaron la mercancía y el dinero, unas 500 libras. Después de lo cual pusieron proa a La Española (Haití), ya que no estaban seguros de que el gobernador les permitiera llevar adelante dos ocupaciones a la vez, y decidieron decir adiós a las islas Bahamas. Pero quiso la mala suerte que los sorprendiera un violento tornado en el que perdieron el palo, fueron devueltos a una de las Bahamas deshabitadas y perdieron la balandra; llegaron a la playa, y vivieron un tiempo en el bosque, hasta que el gobernador Rogers, enterado de su expedición, y adónde habían ido a parar, envió a dicha isla una balandra armada; el patrón de ésta, con buenas razones y promesas, los embarcó y los llevó a Providence a todos, once en total, de los que diez fueron juzgados por un tribunal de almirantazgo, declarados culpables por el testimonio de otros, y ahorcados a la vista de sus antiguos camaradas y socios de fechorías. Los criminales quisieron incitar a los piratas perdonados a que los rescataran de las manos de los oficiales de la justicia, diciéndoles desde el cadalso que nunca hubieran imaginado que verían un tiempo en que serían atados y ahorcados como perros diez hombres como ellos, mientras trescientos amigos y compañeros suyos permanecían mirando el espectáculo tranquilamente. Un tal Thomas Morris elevó más que el resto el tono de la acusación, tachándolos de pusilánimes y cobardes, como si fuera un baldón para ellos no levantarse y salvarlos de la muerte ignominiosa que iban a sufrir. Pero todo fue inútil; les dijeron que de lo que debían ocuparse ahora era de volver los ojos del espíritu hacia el otro mundo, y arrepentirse sinceramente de las iniquidades cometidas en éste. «Sí —contestó uno de ellos—, de todo corazón; mucho me arrepiento de no haber hecho más daño, y no haberles cortado el cuello a los que nos han apresado; y muchísimo siento que no seáis colgados aquí con nosotros.» «Y yo también», dijo otro. «Y yo», dijo un tercero; y seguidamente los colgaron a todos sin más discursos, salvo el de un tal Dennis Macarty, que dijo a la gente que unos amigos suyos le habían dicho a menudo que moriría con los zapatos puestos, pero que los iba a dejar en mentira, y dicho esto se los quitó. Y así acabaron las vidas y aventuras de estos desdichados, vidas que pueden servir de triste ejemplo del poco efecto que la merced tiene en quienes se entregan a una vida depravada.


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