Historia general de los robos y asesinatos de los mas famosos piratas
Historia general de los robos y asesinatos de los mas famosos piratas Podemos extendernos algo más en la vida de este caballero porque, por grandísima casualidad, ha llegado a nuestras manos un manuscrito francés en el que él mismo da detalles de sus acciones. Nació en Providence, de una antigua familia; su padre, cuyo verdadero nombre oculta, era dueño de una fortuna cuantiosa; pero dado que tenía bastantes hijos, nuestro pirata abrigaba muy pocas esperanzas de gozar de más riqueza que la que pudiera conseguir con la espada. Sus padres cuidaron de darle una educación acorde con su cuna. Tras aprobar las humanidades y la lógica, y ser un matemático pasable, lo mandaron, a la edad de quince años, a Angers, donde estuvo un año realizando prácticas. Al regresar, su padre lo metió en los mosqueteros; pero como era de genio errabundo, y estaba fascinado por los hechos que había leído en libros de viajes, eligió la mar como la forma de vida donde había más variedad, y que podía proporcionarle más ocasiones de satisfacer su curiosidad con el cambio de países. Y una vez hecha esta elección, su padre, con cartas de recomendación, y tras disponerlo todo para él, lo enroló como voluntario en el Victoire, mandado por monsieur Fourbin, pariente suyo. Fue acogido a bordo con toda consideración por el capitán (cuyo barco estaba en ese tiempo en Marsella), quien poco después de la llegada de Misson recibió orden de cruzar. Nada pudo ser más grato a la inclinación de nuestro voluntario que este viaje, ya que le permitió conocer los puertos más famosos del Mediterráneo, y le avezó en la parte práctica de la navegación. Se aficionó aún más a esta vida, y decidió convertirse en marino acabado, lo que le hacía ser de los primeros en llegar al penol de una verga, ya fuera para tomar o para largar rizos, y andar preguntando siempre sobre las diferentes maneras de gobernar un barco. Jamás apartaba su discurso hacia ningún otro asunto, y a menudo pedía al contramaestre y al carpintero que le enseñasen en sus cámaras las partes de la nave y la manera de aparejarla, por lo que les pagaba generosamente; y aunque pasaba gran parte de su tiempo con estos dos oficiales, se comportaba siempre con tal discreción que jamás se permitieron ninguna familiaridad con él, y siempre le tributaron el respeto debido a su familia. Y estando el barco en Nápoles, obtuvo licencia del capitán para visitar Roma, que tenía muchas ganas de conocer. A partir de aquí podemos fechar el comienzo de su descarrío; porque al observar las costumbres licenciosas del clero (tan distintas de la regularidad observada en los eclesiásticos franceses), el lujo de la corte papal, y no hallar en la metrópoli de la Iglesia cristiana más que cáscaras eclesiásticas, empezó a imaginar que toda religión no era otra cosa que un freno para contener a los espíritus débiles, al que los inteligentes se sometían sólo en apariencia. Estos sentimientos, tan perjudiciales para la fe y para él, se vieron reforzados enormemente al conocer a un sacerdote lujurioso que (por pura casualidad) fue su confesor nada más llegar, y después su alcahuete y compañero, ya que siguió junto a él hasta que murió. Un día en que se prestó la ocasión contó a Misson que la vida religiosa era muy buena para el que tuviese el genio emprendedor, y además buenos amigos; porque en poco tiempo podía alcanzar dignidades eclesiásticas cuya esperanza era el motivo por el que los más inteligentes tomaban voluntariamente el hábito sacerdotal. El estado eclesiástico se gobernaba por la misma política que las soberanías y reinos seculares, en los que sólo se tenía en cuenta lo beneficioso, y no lo meritorio y virtuoso; un hombre piadoso e instruido en el patrimonio de San Pedro no tenía más posibilidades que en cualquier monarquía, sino al contrario, menos; porque al saberlo así, se tacha a tal hombre de visionario, por apto que sea para el cargo; porque cualquier escrúpulo suyo puede resultar nefasto; ya que existe una máxima según la cual la religión y la política jamás pueden subsistir juntas en una casa. En cuanto a nuestros estadistas, no se debe pensar que la púrpura los hace menos cortesanos que a los de las demás naciones; conocen y persiguen la ragione di Stato (término artificioso que significa el propio interés) con tanta astucia y tan poca conciencia como cualquier profano; y son disimulados donde hace falta el disimulo, y se muestran osados y desvergonzados cuando su poder es lo bastante grande para sostenerlos, oprimiendo a la gente y engrandeciendo a sus familias. Podemos leer cuál es su moral en la práctica de sus vidas, y cuál su concepto de la religión, en lo que exclama cierto cardenal: Quantum lucrum exista fabula Christi!, cosa que podrían suscribir muchos de ellos, aunque no sean tan estúpidos. «Por mi parte, estoy cansado ya de esta farsa, y aprovecharé la primera ocasión que se me presente para arrojar este hábito de mascarada; porque, dada mi edad, aún me toca fingir muchos años; y para mando pueda compartir los despojos de la gente me temo que seré demasiado viejo para gozar de las dulzuras del lujo; y como soy enemigo de la moderación, tengo miedo de no llegar a vivir de acuerdo con mi carácter, ni ejercer la hipocresía con habilidad suficiente para alcanzar un puesto importante en la Iglesia. Mis padres no repararon en mi temperamento; de haberlo hecho me habrían dado una espada en vez de un rosario.»