Historia general de los robos y asesinatos de los mas famosos piratas

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Se aprobaron estas elecciones, y una vez concluido todo puntualmente y con el consenso de todos, fueron llamados los elegidos a la cámara grande, donde se les consultó qué rumbo se debía tomar. El capitán sugirió que la costa española ofrecía más posibilidad de proporcionarles ricas presas. Todos convinieron en esto. Entonces preguntó al contramaestre bajo qué bandera debían luchar, y que él sugería que la negra, que era la más terrible; pero Caraccioli objetó que ellos no eran piratas, sino hombres dispuestos a afirmar que la libertad que Dios y la naturaleza les habían dado, y el no sometimiento a nadie, eran el bien más excelso de todos; que la obediencia a los gobernantes era efectivamente necesaria cuando éstos sabían obrar, y lo hacían, movidos por el deber de su función, eran guardianes celosos de los derechos y libertades del pueblo, velaban por que la justicia fuese equitativamente distribuida, se erigían en barrera contra los ricos y poderosos si éstos trataban de oprimir a los débiles, y cuando no consentían que unos fuesen inmensamente ricos por abusos propios o de sus mayores mientras que otros vivían hundidos en la miseria y caían en manos de acreedores malvados y despiadados, o eran víctimas de otras desventuras; cuando sus ojos eran imparciales y no se fijaban sino en el mérito para distinguir a un hombre de otro, y en vez de ser una carga para el pueblo con una vida de lujo eran padres verdaderos para él, y procedían en todo con la justicia equitativa e imparcial propia de un padre. Pero cuando un gobernante, que es el ministro del pueblo, se siente exaltado por esta dignidad y pasa sus días en medio de la pompa y el lujo, considerando a sus súbditos como otros tantos esclavos, nacidos para su uso y placer, y los abandona a la insaciable avaricia y tiranía de aquellos a los que él ha escogido por favoritos; cuando nada sino la opresión, la pobreza y demás miserias de la vida dimanan de tal administración, dilapida las vidas y fortunas de su pueblo, bien para satisfacer su ambición, bien para sostener la causa de algún príncipe vecino a cambio de fortalecer sus propias manos, en caso de que el pueblo se alce en defensa de sus derechos innatos, o se mete en guerras innecesarias por consejo insensato de sus favoritos y no puede hacer frente al enemigo al que temeraria y atolondradamente ha puesto en armas, y compra la paz (como en el caso de Francia, como todo el mundo sabe, al sostener primero al Rey Jacobo y después proclamarlo su hijo), y exprime al súbdito; cuando la actividad comercial del pueblo permanece perpetuamente descuidada por culpa de intereses personales, mientras sus buques de guerra, ociosos en los puertos, consienten que sus naves sean apresadas, y que el enemigo no sólo intercepte el tráfico marítimo, sino que asole sus costas, entonces será signo de alma grande y generosa sacudir ese yugo: y aunque no podemos reparar nuestros errores, sí nos negamos a compartir las miserias a las que se someten los pobres de espíritu, y a doblegarnos a la tiranía. «Porque así somos nosotros, y si el mundo nos hace la guerra, como la experiencia va a demostrar que nos la hará, la ley de la naturaleza nos faculta no sólo para ponernos a la defensiva, sino también para pasar a la ofensiva. Dado que no procedemos como los piratas, que son gente de vida disoluta y sin principios, despreciamos utilizar sus colores. Nuestra causa es valerosa, justa, inocente y noble: porque es la causa de la libertad. Por tanto, abogo por una enseña blanca, con la libertad pintada en ella; y si queréis una divisa, a Deo a libertate (“por Dios y por la libertad”), como consigna de nuestra rectitud y resolución.»


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