Historia general de los robos y asesinatos de los mas famosos piratas
Historia general de los robos y asesinatos de los mas famosos piratas Cuando iban a guardar en el cofre la vajilla que habÃa sido de monsieur Fourbin, los hombres gritaron unánimemente: «Basta, dejad eso para uso del capitán, como regalo de sus oficiales y marineros.» Misson les dio las gracias, devolvieron la vajilla a la cámara grande, y el cofre fue asegurado conforme las órdenes acordadas. Misson mandó entonces a sus oficiales que averiguasen qué hombres andaban más necesitados de ropa y se les distribuyese la de los muertos con imparcialidad, lo que se hizo con el consenso general y el aplauso de toda la tripulación. Y cuando estaban todos en cubierta menos los heridos, Misson habló desde la baracade en estos términos: que habÃan resuelto por unanimidad asumir y defender la libertad que los ambiciosos habÃan usurpado, y que esto era algo que un juez imparcial no podÃa apreciar sino como una justa y valerosa resolución; que él tenÃa la obligación de recomendarles un amor fraterno de los unos a los otros, la eliminación de toda rencilla y resentimiento, y velar por que hubiese una completa concordia y armonÃa entre ellos. Que al sacudirse el yugo de la tiranÃa, acción que expresaba lo mucho que la detestaban, esperaba que nadie siguiera el ejemplo de los tiranos y volviese la espalda a la justicia; porque cuando se pisotea la equidad, luego vienen naturalmente la miseria, la confusión y la mutua desconfianza. También les advirtió que habÃa un Supremo a cuya adoración nos inclina la razón y la gratitud, y con el que nuestro propio interés nos obliga a reconciliarnos (porque es mejor estar en el lado más seguro, que hace posible la vida en el más allá); que habÃa hombres nacidos y criados en la esclavitud, con la que estaban satisfechos, por lo que tenÃan el espÃritu arruinado, eran incapaces de pensar de manera generosa y que, ignorantes de sus derechos innatos y de las dulzuras de la libertad, danzaban al son de sus cadenas, como era efectivamente el caso de la mayorÃa de los habitantes del globo, que tacharÃan a esta generosa tripulación con el odioso nombre de piratas, y considerarÃan loable contribuir a su destrucción. La propia conservación, por tanto, y no una disposición cruel, le obligaba a declarar la guerra a todos los que le negasen la entrada en sus puertos y a todos los que no se rindiesen inmediatamente y entregasen lo que requerÃa su necesidad, pero de manera más particular la declaraba a todos los barcos y buques europeos, enemigos decididos e implacables. «Y ahora —dijo—, declaro tal guerra, pero al mismo tiempo os recomiendo, camaradas, un comportamiento humano y generoso para con vuestros prisioneros, lo que mostrará tanto más los efectos de un alma noble cuanto que estamos seguros de no encontrar el mismo trato si nuestra mala suerte, o más propiamente nuestra desunión o falta de valor, nos pusiese a su merced.»