Historia general de los robos y asesinatos de los mas famosos piratas

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En tiempos de Mario y Sila había llegado Roma al apogeo de su poder, aunque se hallaba tan desgarrada por las facciones de estos dos grandes hombres que todo lo concerniente al bien público estaba en completo abandono, cuando surgió un puñado de piratas de Cilicia, país de Asia Menor situado en la costa mediterránea entre Siria al este, de la que la separan los montes Tauro, y Armenia Menor al oeste. Este comienzo era insignificante y despreciable, ya que se trataba de dos o tres naves y unos pocos tripulantes que navegaban por las islas griegas apoderándose de las embarcaciones que encontraban poco armadas o mal defendidas; sin embargo, a fuerza de capturar presas, no tardaron en aumentar en riqueza y poder: la primera acción que dio que hablar fue el apresamiento del joven Julio César, quien obligado a huir de las atrocidades de Sila, que pretendía acabar con su vida, se dirigió a Bitinia, donde permaneció un tiempo con Nicomedes, rey de ese país; a su regreso por mar lo apresaron algunos de estos piratas cerca de la isla de Farmacusa. Estos piratas tenían la bárbara costumbre de atar a los prisioneros espalda con espalda y arrojarlos al mar; pero al suponer a César persona de cierto rango por sus ropas púrpura y el número de criados, juzgaron más provechoso conservarlo con la esperanza de obtener un buen rescate; así que le dijeron que le darían la libertad si les pagaba veinte talentos, cantidad que les parecía elevada, y que en dinero actual equivaldría a unas tres mil seiscientas libras esterlinas. Sonrió él, y les prometió cincuenta talentos. Encantados y sorprendidos de esta respuesta, accedieron a dejar que varios criados fueran con instrucciones suyas a reunir el dinero, en tanto él permanecía entre estos rufianes con sólo tres sirvientes. Pasaron treinta y ocho días, y en ese tiempo se mostró tan poco preocupado o asustado que cuando se iba a acostar solía pedirles que no alborotasen demasiado, amenazándolos con ahorcarlos a todos si lo despertaban; también jugaba a los dados con ellos, y a veces componía versos y diálogos que solía recitar, y se los hacía recitar a ellos también; y si no los admiraban y elogiaban, los llamaba animales y bárbaros, diciendo que los mandaría crucificar. Ellos se tomaban todo esto como ocurrencias propias de un joven, y más que enojarlos los divertía.


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