Historia general de los robos y asesinatos de los mas famosos piratas
Historia general de los robos y asesinatos de los mas famosos piratas Resultó ser totalmente cierto. Se dio la alarma, se guarnecieron los fuertes y baterías, y cada hombre tomó posición. Misson asumió el mando de cien negros bien disciplinados (cada mañana eran llamados para realizar ejercicios que les enseñaba un sargento francés, de su compañía, perteneciente al Victoire), y dispuesto a acudir a donde se requiriese su ayuda. Tew mandaba a todos los ingleses. Apenas habían dispuesto las cosas, cuando asomaron estos barcos y enfilaron directamente hacia el puerto con los colores portugueses. Les mandaron un caluroso recibimiento desde los dos fuertes, pero no los detuvieron, aunque uno de ellos escoró; entraron en el puerto y creyeron que tenían ganada la partida, pero siguieron los saludos tan animadamente desde fuertes y baterías, balandras y barcos, que dos de ellos se fueron al fondo al instante, ahogándose gran cantidad de hombres, aunque otros lograron subir a los otros barcos. Los portugueses, que no imaginaban que estuviesen tan bien fortificados, y creían que al pasar los dos fuertes podrían desembarcar a sus hombres y arrasar sin dificultad este nido de piratas, descubrieron ahora su error, y no se atrevieron a arriar un solo bote. Prudentemente, no obstante, se les había ocurrido entrar antes del cambio de la marea; y viendo que era vano el intento y que habían perdido muchos hombres, cogieron viento y con la ayuda de la bajamar se dieron más prisa en salir de la que se habían dado en entrar, dejando dos de sus barcos hundidos en el puerto; pero no se fueron tan fácilmente, porque no habían hecho más que dejar atrás los fuertes, cuando Misson, al mando de la más grande expedición de barcos y balandras, les dio caza y trabó batalla en la entrada de la bahía. Los portugueses se defendieron con valentía y uno de ellos rechazó por dos veces a los libertalianos, que lo abordaron desde dos balandras; dos de ellos, enormemente apurados, se batieron en retirada y consiguieron alejarse, dejando al tercero que se las arreglase como pudiese. Al ver el Bijoux y el Victoire que los portugueses intentaban huir, y sabedores del poco provecho que iban a sacar con sus capturas, abandonaron la caza y atacaron al tercero, que se defendió hasta que sus cubiertas estuvieron inundadas de sangre, y muertos la mayoría de sus hombres; pero al ver que era vana toda resistencia, y que sus compañeros lo habían dejado en una lucha desigual, pidió cuartel, y se le dio a él y a sus hombres. Esta presa les proporcionó gran cantidad de pólvora y munición, y como esperaban, no encontraron en ella nada de valor. Ninguno de los prisioneros fue expoliado. Misson, Caraccioli y Tew invitaron a sus oficiales a sus mesas, los trataron muy cortésmente y exaltaron el valor que habían demostrado en su defensa. Desgraciadamente, sorprendieron a bordo dos prisioneros a los que habían dejado en libertad después de jurar que no irían jamás contra ellos: les pusieron grillos y los juzgaron públicamente por su perjurio. Con los oficiales portugueses presentes, se probó con testigos que se trataba de los mismos hombres liberados, por lo que fueron condenados a ser colgados de la punta de cada fuerte, ejecución que se llevó a cabo a la mañana siguiente de su condena, con la asistencia del capellán portugués, que los atendió, confesó y absolvió. Éste fue el enfrentamiento con los piratas del que tanto se habló en la Gaceta de Lisboa, y éstos los hombres que los ingleses tomaron equivocadamente por Avery, quien, según las noticias que nos llegaron aquí a Londres, poseía 32 buques de guerra y había asumido el estado y título de rey, error del que ya hemos dado cuenta en el primer volumen. Como esta ejecución parecía contradecir las máximas de los jefes, Caraccioli les dirigió una alocución en la que les explicó que no había ley que pudiera establecerse sin que estuviese sujeta a excepciones. Que todos conocían de la aversión del Comodoro, monsieur Misson, al derramamiento de sangre, y que era dogma de su fe que nadie tenía poder sobre la vida de otro sino Dios que la había dado. Sin embargo, el instinto de conservación hacía a veces absolutamente necesario quitarle la vida a otro, sobre todo a un confesado y obligado enemigo, aun a sangre fría. En cuanto a la sangre derramada en una guerra legal en defensa de esa libertad que ellos habían defendido generosamente, no había nada que decir, pero que consideraba conveniente exponer las razones por las que se ejecutaba a los criminales, y la enormidad de sus crímenes. No sólo habían recibido sus vidas de la generosidad de los libertalianos sino también su libertad, y se les había restituido todo cuanto habían reclamado; y no obstante, su ingratitud se había elevado a la misma proporción que el generoso tratamiento que habían recibido. Que, en efecto, él y el capitán Misson habrían perdonado el perjurio y la ingratitud de que eran culpables, con un castigo corporal que no se habría extendido a la privación de la vida, pero que su valeroso amigo y compañero el comandante inglés, capitán Tew, había esgrimido razones tan convincentes para aplicar un castigo ejemplar que disuadiese a otros de cometer crímenes parecidos que, de no haber seguido su consejo, habrían sido enemigos de su propia preservación. Que las vidas de la comunidad entera debían anteponerse a las de los que eran declarados y perjuros enemigos, que no descansarían en buscar su ruina; y, como todos sabían en la colonia, podían ser fatales instrumentos de ella, si se los restituía de nuevo la libertad de la que ya habían abusado. Que estaba obligado a hacer justicia al capitán Tew, y reconocer que se había inclinado del lado de la compasión hasta que el capitán Tew le hizo ver la negrura de la ingratitud de estos hombres; entonces pensó que sería una crueldad para ellos mismos permitir que estos bribones gozasen por segunda vez de su clemencia; así que una absoluta necesidad les había obligado a obrar contrariamente a sus principios declarados; si bien, para informar rectamente del caso, estos hombres, y no los libertalianos, eran los causantes de sus propias muertes. Aquí la asamblea gritó: Caiga su sangre sobre sus propias cabezas, ellos se han buscado la muerte, y colgarlos ha sido demasiado bueno para ellos; Caraccioli dio por concluido el acto y todos regresaron satisfechos a sus asuntos privados o públicos.