Nuevas aventuras de Robinson Crusoe
Nuevas aventuras de Robinson Crusoe ¿Y qué hemos de hacer para impedirlo? ¿Mataros para que no nos matéis vos? ¿Por qué nos queréis obligar a eso, señor Atkins?», dijo el español, con mucha calma y sin dejar de sonreír.
El señor Atkins estaba tan furioso por las burlas del español que, si no llega a ser porque lo sujetaron entre tres hombres, y pese a que no llevaba ningún arma, parece que hubiera intentado matar al español delante de todo el grupo.
Ese comportamiento descabellado les obligó a plantearse seriamente qué debían hacer. Los dos ingleses y el español que había salvado al pobre salvaje compartían la opinión de que debían colgar a los tres para dar ejemplo al resto; en particular, a aquel que había intentado matarle dos veces con la hachuela. Desde luego, había razones para creer que lo había intentado, pues el pobre salvaje había quedado reducido a una condición tan miserable por su herida que llegaron a creer que no sobreviviría.
Sin embargo, el gobernador español siguió diciendo que no, que quien había salvado sus vidas era inglés y que él jamás consentiría en mandar a un inglés a la muerte, ni aunque asesinara a la mitad de su gente: qué va, aún decía que si llega a morir él mismo a manos de un inglés, si le dejaban tiempo para hablar, diría que lo perdonasen.