Nuevas aventuras de Robinson Crusoe

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Le dije que su caso y el mío diferían sobremanera; que ellos habían sido lanzados a la orilla sin nada de lo necesario, sin provisiones de comida, o de sustento para mantenerse hasta que pudieran conseguirla. Es cierto que yo tuve la desventaja y el desconsuelo de estar solo; sin embargo, las provisiones que cayeron providencialmente en mis manos gracias a la inesperada deriva del barco hasta la orilla supusieron una ayuda que habría estimulado a cualquier criatura del mundo a aplicarse como lo hice yo. «Señor —dijo el español—, si nosotros, pobres españoles, hubiéramos estado en vuestra situación, no habríamos sacado ni la mitad de cosas que vos de ese barco. Qué va —insistió—, nunca habríamos encontrado los medios para conseguir una balsa en la que cargarlo todo, o de llevar esa balsa a tierra sin un bote o una vela. ¡Y cuánto menos hubiéramos hecho —añadió— si llega a tratarse de cualquiera de nosotros en solitario!». Bueno, le pedí que acallara los cumplidos y que me contara la historia de su llegada a la orilla, donde habían desembarcado. Me dijo que por desgracia habían desembarcado en un lugar en el que vivía gente sin provisiones, de modo que tuvieron el sentido común de echarse de nuevo al mar e ir hasta otra isla, algo más allá, en la que encontraron provisiones aunque no había gente: les habían dicho que en esa dirección había una isla en la que encontrarían provisiones, aunque no vivía nadie; es decir, los españoles de Trinidad habían acudido allí con frecuencia y habían llenado la isla de cabras y cerdos en varias ocasiones, animales que luego se habían reproducido hasta formar multitudes, además de las tortugas y las aves marinas que por allí había en tal abundancia que no habrían pasado necesidad de carne incluso si no encontraban pan; mientras que aquí sólo se sostenían con unas pocas raíces y hierbas que no conocían bien y que apenas tenían sustancia y que los indígenas les daban con mucho racionamiento, además de tratarlos mal si no se volvían caníbales y comían carne humana, que era la gran exquisitez del país.


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