Nuevas aventuras de Robinson Crusoe
Nuevas aventuras de Robinson Crusoe Bueno, mientras no volvieran Will Atkins y su esposa, no teníamos nada más que hacer allí, así que desanduvimos el camino. Y al llegar los encontramos allí, esperando nuestra llamada. Al verlo pregunté a mi clérigo si debíamos desvelar a Atkins que lo habíamos visto en los matorrales; él opinó que no, pero que debíamos hablar con él y ver qué quería contarnos. Así que lo llamamos aparte a un lugar en el que sólo estábamos nosotros y empecé yo a hablar con él como sigue:
«Will Atkins —le dije—, por favor, ¿qué clase de educación habéis recibido? ¿A qué se dedicaba vuestro padre?».
W. A.: Era mejor hombre de lo que jamás pueda ser yo. Señor, mi padre era clérigo.
R. C.: ¿Qué educación os dio?
W. A.: Él me hubiera educado bien, señor; mas yo despreciaba toda educación, instrucción o corrección, como bestia que era.
R. C.: Es cierto, lo dice Salomón: «Aquel que desprecia el reproche, se comporta como una bestia».
W. A.: Sí, señor, sin duda yo era un bruto. Por el amor de Dios, maté a mi padre, señor. No hace falta hablar más: maté a mi padre.
Sacerdote: ¡Ja! ¿Un asesino?