Nuevas aventuras de Robinson Crusoe

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Capítulo VIII

Entonces se me ocurrió que había insinuado a mi amigo el clérigo que tal vez en su ausencia se pudiera resolver de manera satisfactoria para él la tarea de convertir a los esclavos; le dije que ahora el asunto me parecía bien encaminado, pues al estar los esclavos así repartidos entre los cristianos, suponiendo que cada uno de estos cumpliera su parte con los que le quedasen a mano, cabía la esperanza de que surtiera efecto.

Enseguida estuvo de acuerdo: «Suponiendo —dijo— que cada uno cumpla su parte. Mas ¿cómo conseguiremos que lo hagan?». Le dije que podíamos reunirlos y encargarles la tarea, o hacerlo de uno en uno, y le pareció mejor la segunda opción. Así que nos dividimos la faena: él debía hablar con los españoles, que eran todos papistas, y yo con los ingleses, que eran protestantes. Y a todos les recomendamos muy seriamente y les hicimos prometer que nunca harían distinción entre papistas y protestantes a la hora de exhortar a los salvajes para que se convirtieran al cristianismo, sino que los instruirían en el conocimiento general de la verdad de Dios y de Cristo, su salvador: del mismo modo, nos prometieron que nunca mantendrían diferencias ni disputas entre ellos a propósito de la religión.


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