Nuevas aventuras de Robinson Crusoe

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Capítulo IX

Tenía tan pocas razones para desplazarme a las Indias Orientales como un hombre libre por completo, y sin haber cometido crimen alguno, para presentarse ante el carcelero de Newgate y pedirle que lo encierre con los demás prisioneros y le niegue la comida. Si hubiera tomado una nave pequeña en Inglaterra y hubiera navegado directamente a la isla; si la hubiera cargado, igual que el otro barco, con todo lo necesario para la plantación y para mi gente; si hubiera obtenido una patente del gobierno de aquí para registrar mi propiedad, sujeta tan sólo a la ley inglesa, algo que me hubiese resultado sin duda posible; si hubiera cargado cañones y municiones, sirvientes y gente para plantar y, tras tomar posesión del lugar, lo hubiera fortificado y reforzado en el nombre de Inglaterra para luego aumentar su población, como podía haber hecho fácilmente; si a continuación me hubiese instalado allí y hubiera enviado el barco de vuelta, cargado de buen arroz, cosa que tampoco me habría costado hacer al cabo de seis meses, y hubiera ordenado a mis amigos que lo cargasen de nuevo para aprovisionarnos; si hubiera hecho todo eso y me hubiese quedado allí, al menos habría actuado como un hombre dotado de sentido común. Mas me poseía un espíritu vagabundo que se burlaba de las comodidades y me bastaba con ser el patrón de la gente que había dejado allí y con hacer por ellos lo que pudiera en una especie de altiva majestuosidad, como un viejo monarca patriarcal; conseguirles provisiones, como si fuera el padre de toda la familia, así como de la plantación: mas nunca pretendí plantar nada en nombre de un gobierno o nación, o dar reconocimiento a ningún príncipe, o considerar que mi gente eran más súbditos de una nación que de otra; qué va, ni siquiera llegué a ponerle un nombre al lugar, sino que lo dejé como lo había encontrado: sin pertenecer a hombre alguno; y la gente no tenía más disciplina o gobierno que los míos: aunque tenía influencia sobre ellos como padre y benefactor, carecía de autoridad o poder para actuar o mandar nada en uno u otro sentido, más allá de cuanto ellos estuvieran dispuestos a cumplir por consentimiento voluntario. Y aun eso, si llego a quedarme allí, habría bastado: mas como me alejé de ellos y ya no volví por allá, las últimas cartas que recibí de algunos de los pobladores me llegaron por medio de mi socio, que luego les mandó otro balandro; y me envió noticias, aunque tardé cinco años en recibir su carta desde que fue escrita, de que no les iba demasiado bien y estaban descontentos con la duración de su estancia en la isla; que Will Atkins había muerto; que cinco de los españoles se habían ido; y que, si bien los salvajes no les habían molestado, habían tenido algunas escaramuzas con ellos; le habían suplicado que me escribiera para hacerme pensar en la promesa de sacarlos de allí para que pudieran ver de nuevo su país antes de morir.


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