Nuevas aventuras de Robinson Crusoe
Nuevas aventuras de Robinson Crusoe Yo estaba muy enfadado con mi sobrino, el capitán, y desde luego con todos los hombres, mas con él en particular por haber extralimitado sus deberes como comandante del barco, que además tenía en sus manos el destino del viaje, pero también por su manera de acrecentar la rabia de sus hombres, en vez de calmarla, en una empresa tan sangrienta y cruel. Mi sobrino me contestó con mucho respeto, mas me dijo que al ver el cuerpo del pobre marino, asesinado de modo tan bárbaro y cruel, no había podido dominarse ni gobernar su pasión; admitía que no debía haberlo hecho, como comandante del barco, mas era hombre y, llevado por su naturaleza, no lo había podido soportar. En cuanto al resto de los hombres, no estaban para nada bajo mi dominio y lo sabían perfectamente, así que hicieron caso omiso de mi enfado.
Al día siguiente zarpamos, así que nunca más supimos de ellos. Nuestros hombres discrepaban en el recuento de cuántos habían matado; unos decían una cosa; otros, otra. Sin embargo, según sus mejores relatos, sumándolo todo, habían matado o destrozado a unas ciento cincuenta personas: hombres, mujeres y niños. Y no habían dejado una sola casa en pie en todo el pueblo.
