Nuevas aventuras de Robinson Crusoe
Nuevas aventuras de Robinson Crusoe Era una casa de porcelana, ciertamente, y merecía ser llamada así con toda sinceridad y en un sentido literal. Si no hubiera estado de viaje me podría haber quedado unos días para ver y examinar los detalles. Me dijeron que había fuentes y estanques de peces en el jardín, todos con el fondo y los laterales pavimentados de la misma manera, y bellas estatuas situadas en hileras junto a los senderos, hechas por entero con tierra de porcelana y luego cocidas.
Como se trata de una de las singularidades de la China, cabía esperar que sobresalieran en ella; sin embargo, estoy seguro de que en lo que más sobresalen es en los relatos que inventan en torno a ella, pues me contaron cosas tan increíbles sobre sus logros en la manufactura de loza que ni me molestaré en reproducir por saber que no pueden ser ciertas. En particular, uno me habló de una mujer que había hecho un barco de porcelana, con todos sus aparejos, mástiles y velas, tan grande que podía llevar a cincuenta hombres. Si me hubiera añadido que lo habían botado y había viajado hasta Japón, acaso hubiera contestado algo; mas yo sabía de qué iba la historia que, en pocas palabras, y pidiendo perdón por decirlo, era pura mentira. Así que sonreí y no contesté nada.