Nuevas aventuras de Robinson Crusoe
Nuevas aventuras de Robinson Crusoe Pueden estar seguros de que dormimos bien poco. Dedicamos la mayor parte de la noche a reforzar nuestra posición y colocar barricadas en las entradas del bosque; luego, manteniendo una estricta vigilancia, esperamos la luz del día y, cuando llegó, nos trajo un descubrimiento nada grato; el enemigo, a quien dábamos por desalentado a causa de la recepción que habían encontrado anteriormente, había aumentado ahora en no menos de trescientos miembros y había instalado once o doce tiendas, o chozas, como si estuviera decidido a sitiarnos. Y el pequeño campamento que habían montado quedaba en la llanura abierta, a unos tres cuartos de milla de nosotros. Desde luego, el descubrimiento nos sorprendió; y confieso que entonces me di por perdido: yo y todo lo que tenía. La pérdida de mis propiedades no me afectaba tanto (aunque eran considerables) como la idea de caer en manos de aquellos bárbaros en la parte final de mi viaje, tras haber superado tantas dificultades y peligros; ya casi a la vista del puerto que había de darnos seguridad y salvación. En cuanto a mi socio, estaba iracundo: declaró que perder sus propiedades suponía la ruina, que prefería morir antes que ser sometido al hambre por asedio y que apostaba por luchar hasta el último aliento.