Nuevas aventuras de Robinson Crusoe
Nuevas aventuras de Robinson Crusoe Sin embargo, la desgracia de los pobres pasajeros que iban en el camarote era de naturaleza distinta y mucho peor que la de los demás: al principio, la tripulación tenía tan pocas provisiones que, efectivamente, habían tenido que mantenerlos muy racionados y luego olvidarlos por completo. Así que durante seis o siete días, podría decirse que no habían probado nada de comida en absoluto y durante los días anteriores, bien poca.
La pobre madre, que, tal como había informado el primer oficial, era una mujer de buen sentido y buena cuna, había guardado todo lo que con tanto cariño conseguía para su hijo, de modo que al final sucumbió y, cuando el oficial de nuestro barco entró en el camarote, la encontró sentada en el suelo con la espalda apoyada en el mamparo lateral, encajada entre dos sillas atadas con firmeza, con la cabeza caída entre los hombros, como un cadáver, aunque no muerta del todo. Mi oficial hizo cuanto pudo para revivirla y animarla y, con una cuchara, le llevó algo de caldo a la boca: ella abrió los labios y alzó una mano, mas no pudo hablar: en cambio, sí entendió lo que él le decía y le hizo señas que indicaban que ya era demasiado tarde para ella; señaló hacia el hijo, como si quisiera pedirle que se ocupara de él.