Robinson Crusoe
Robinson Crusoe Primero de mayo.— Mirando hacia la playa de mañana a la hora del reflujo, vi un objeto bastante grande y semejante a un barril. Me acerqué y hallé un pequeño tonel y dos o tres pedazos del barco que el reciente huracán había tirado a la costa. Mirando hacia el casco mismo, me pareció que emergía del agua más que en días anteriores. Examiné el barril y vi que contenía pólvora, pero tan mojada que estaba dura como piedra. Lo hice rodar para alejarlo de las olas y me acerqué cuanto pude por la playa a fin de examinar el casco más de cerca.
Cuando llegué a su lado noté que había cambiado extrañamente de posición. El castillo de proa, antes enterrado en la arena, estaba ahora a seis pies de elevación; la popa, que se había partido y separado del resto por la violencia del mar —poco después que yo cesara de explorarla—, estaba tumbada de lado y la arena se acumulaba de tal manera en aquella parte, hasta la popa, que pude llegar caminando a ella cuando antes debía nadar cerca de un cuarto de milla. Al principio me maravillé, pero pronto deduje que el cambio se debía al terremoto. Y como a causa de esto el barco estaba más destrozado que antes, diariamente llegaban objetos a la playa que el viento y el oleaje sacaban del navío y depositaban en tierra.
