Robinson Crusoe
Robinson Crusoe Ahora que me toca iniciar la melancólica narración de una vida solitaria, tal como acaso nunca fuera imaginada en el mundo, quiero hacerlo desde su comienzo y proseguir ordenadamente. Según mis cálculos, había arribado en la forma narrada a tan hórrida isla un 30 de septiembre, cuando el sol en su equinoccio otoñal estaba casi sobre mi cabeza, de donde calculé que me hallaba a una latitud de nueve grados veintidós minutos norte.
Después de vivir allí diez o doce días se me ocurrió que por falta de calendarios, así como de papel y tinta, perdería la cuenta del tiempo y no sería capaz de distinguir los días de fiesta de los de trabajo. Para evitarlo hice un poste en forma de cruz, que clavé en el sitio donde por primera vez había tocado tierra, y grabé en él con mi cuchillo y en letras mayúsculas:
LLEGUÉ A ESTA PLAYA EL
30 DE SEPTIEMBRE DE 1659
Sobre los lados del poste practicaba diariamente un corte, y cada siete una marca algo mayor; el primer día del mes hacía una señal aún más grande, y en esa forma llevé mi calendario de semanas, meses, años.
