Las pasiones del alma

Las pasiones del alma

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Y conviene aquí saber que, como queda dicho antes, aunque cada movimiento de la glándula parece haber sido unido por la naturaleza de cada uno de nuestros pensamientos desde el comienzo de nuestra vida, se pueden, sin embargo, unir a otros por hábito, como lo prueba la experiencia en las palabras que suscitan movimientos en la glándula, las cuales, según lo establecido por la naturaleza, no presentan al alma más que su sonido cuando son proferidas por la voz, o la figura de sus letras cuando están escritas, y que, sin embargo, por el hábito adquirido al pensar en lo que significan cuando se ha oído su sonido o visto sus letras, hacen concebir este significado más bien que la figura de sus letras o el sonido de sus sílabas. Conviene saber también que, aunque los movimientos, tanto de la glándula como de los espíritus del cerebro, que presentan al alma ciertos objetos, vayan naturalmente unidos a los que suscitan en ella ciertas pasiones, pueden no obstante, por hábito, separarse de éstos y unirse a otros muy diferentes, e incluso este hábito puede adquirirse por una sola acción y no requiere un largo uso. Así, cuando se encuentra inesperadamente algo muy sucio en un manjar que se come con apetito, la sorpresa de este encuentro puede cambiar de tal modo la disposición del cerebro que, en lo sucesivo, la vista de este manjar nos cause siempre horror, aunque antes lo comiéramos con sumo gusto. Y lo mismo se puede observar en los animales; pues aunque carezcan de razón y acaso de todo pensamiento, hay en ellos todos los movimientos de los espíritus y de la glándula que suscitan en nosotros las pasiones, y en ellos sirven para mantener y fortalecer, o no, como en nosotros, las pasiones, sino los movimientos de los nervios y de los músculos que habitualmente las acompañan. Así, cuando un perro quiere una perdiz, tiende naturalmente a correr hacia ella; y cuando oye disparar una escopeta, este ruido le incita naturalmente a huir; sin embargo, se adiestra a los perros de caza de tal suerte que el ver una perdiz les hace detenerse, mientras que el ruido que oyen después, cuando se dispara a la perdiz, les hace correr a buscarla. Ahora bien, es conveniente saber estas cosas para que cada cual adquiera el valor de estudiar y vigilar sus pasiones; pues, si se puede, con un poco de industria, cambiar los movimientos del cerebro en los animales desprovistos de razón, es evidente que mejor se puede conseguirlo en los hombres y que incluso los que tienen las almas más débiles podrían adquirir un dominio muy absoluto sobre todas sus pasiones sabiendo adiestrarlas y conducirlas.


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