Meditaciones

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Y para que esto se vea bien patentemente, haré notar primero la diferencia que existe entre la imaginación y la pura intelección o concepción. Por ejemplo, cuando imagino un triángulo, no sólo concibo que es una figura compuesta de tres líneas, sino además contemplo las tres líneas como si las tuviese presentes, por la fuerza y aplicación interior de mi espíritu: y esto es propiamente lo que llamo imaginar. Si quiero pensar en un quiliógono, concibo bien, en verdad, que es una figura compuesta de mil lados, como un triángulo es una figura compuesta sólo de tres lados; pero no puedo imaginar los mil lados de un quiliógono como los tres de un triángulo; no puedo, por decirlo así, verlos presentes con los ojos del espíritu. Y si bien es cierto que, siguiendo la costumbre que tengo de emplear siempre mi imaginación, cuando pienso en las cosas corporales, sucede que, al concebir un quiliógono, me represento confusamente una figura; sin embargo, es bien evidente que esta figura no es un quiliógono, puesto que no difiere en nada de la que representaría si pensase en un miriágono o en otra cualquiera figura de muchos lados, y no sirve en modo alguno para descubrir las propiedades que constituyen la diferencia entre el quiliógono y los demás polígonos. Si se trata de un pentágono, puedo ciertamente concebir su figura, como la de un quiliógono, sin la ayuda de la imaginación; pero también la puedo imaginar dirigiendo la atención de mi espíritu a cada uno de los cinco lados y, al mismo tiempo, al área o espacio comprendido en ellos. Así conozco claramente que necesito una particular contención del espíritu para imaginar, la cual no me hace falta para concebir o entender: y esta particular contención del espíritu muestra evidentemente la diferencia que hay entre la imaginación y la intelección o concepción pura. Advierto también que esa virtud de imaginar que hay en mí, en cuanto que difiere de la potencia de concebir, no es en manera alguna necesaria a mi naturaleza o esencia, esto es, a la esencia de mi espíritu, pues aun cuando no la tuviese, no hay duda de que seguiría siendo el mismo que soy ahora; de donde parece que se puede inferir que depende de alguna cosa que no es mi espíritu. Y fácilmente concibo que, si existe algún cuerpo al que mi espíritu esté tan junto y unido que pueda aplicarse a considerarlo siempre que quiera, podrá suceder que de esa manera imagine las cosas corporales. De suerte que esa manera de pensar difiere de la intelección pura en que el espíritu, cuando concibe, entra en cierto modo en sí mismo y considera alguna de las ideas que tiene en sí; pero cuando imagina, se vuelve hacia el cuerpo para considerar algo conforme a la idea que él mismo ha formado o recibido por los sentidos. Concibo, pues, digo, fácilmente, que la imaginación pueda formarse de esa suerte, si es cierto que existen cuerpos; y no pudiendo encontrar otro camino para explicar cómo se forma, hago la probable conjetura de que hay cuerpos, pero la conjetura es sólo probable, y aunque examino cuidadosamente todas las cosas, no veo, sin embargo, que de esta idea distinta que de la naturaleza corporal tengo en mi imaginación, pueda yo sacar argumento necesario y concluyente para afirmar la existencia de algún cuerpo.


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