Meditaciones
Meditaciones He sentido, pues, primero, que tenÃa una cabeza, manos, pies y demás miembros que constituyen este cuerpo, considerado por mà como una parte de mà mismo y, acaso, incluso como el todo. Además, he sentido que este cuerpo estaba colocado entre otros muchos, de los cuales podÃa recibir diferentes comodidades e incomodidades; y notaba las condiciones por cierto sentimiento de placer o voluptuosidad, y las incomodidades por un sentimiento de dolor. Además del placer y del dolor, sentÃa en mà el hambre, la sed y otros apetitos semejantes, como también ciertas inclinaciones del cuerpo hacia la alegrÃa, la tristeza, la ira y demás pasiones. Y fuera de mÃ, además de la extensión, las figuras y los movimientos de los cuerpos, advertÃa en éstos dureza, calor y otras cualidades, que el tacto aprecia: también sentÃa luz, colores, olores, sabores y sonidos, cuya variedad me proporcionaba medios para distinguir el cielo, la tierra, el mar y, en general, los cuerpos todos, unos de otros. Por cierto que, considerando las ideas de todas estas cualidades, que se presentaban a mi pensamiento y que son las únicas que yo sentÃa propia e inmediatamente, creÃa, no sin razón, que lo que sentÃa eran cosas enteramente diferentes de mi pensamiento, a saber: unos cuerpos de donde procedÃan esas ideas. Pues conocÃa por experiencia que se presentaban a mi pensamiento sin que para ello fuese precisa mi previa autorización; de suerte que no podÃa sentir objeto alguno, por mucho que quisiera, si el tal objeto no se hallaba presente al órgano de uno de mis sentidos; y en mi poder no estaba, de ninguna manera, el no sentirlo si se hallaba presente. Y como las ideas que yo recibÃa por los sentidos eran mucho más vivas, explÃcitas y hasta distintas, a su modo, que las que podÃa fingir meditando, o las que encontraba impresas en mi memoria, parecÃame que no podÃan proceder de mi espÃritu, y que era, por lo tanto, necesario que fuesen causadas en mà por algunas otras cosas. Y no teniendo de estas cosas otro conocimiento que el que me daban esas mismas ideas, ocurrióseme pensar que los objetos son semejantes a las ideas que causan. Y como recordaba que habÃa hecho uso de los sentidos antes que de la razón, y reconocÃa que las ideas que formaba por mà mismo no eran tan explÃcitas como las que recibÃa por medio de los sentidos, y hasta las más veces estaban compuestas de varias partes tomadas de las ideas sensibles, todo esto era bastante a persuadirme de que no habÃa en mi espÃritu idea alguna que no hubiera pasado antes por mis sentidos. Tampoco me faltaban razones para creer que este cuerpo que, por cierto particular derecho, llamaba mÃo, me pertenecÃa más propia y estrictamente que otro cualquiera; pues en efecto, nunca podÃa separarme de él como de otros cuerpos; y en él y por él sentÃa yo todos mis apetitos y afecciones; y los sentimientos de placer y dolor, sentÃalos yo en sus partes, no en las de otros cuerpos separados de él. Pero cuando examinaba por qué al sentimiento de dolor sigue en el espÃritu la tristeza y al de placer la alegrÃa, o bien por qué una cierta emoción del estómago, llamada hambre, nos produce ganas de comer, y la sequedad de la garganta nos da ganas de beber, no podÃa dar razón alguna de esta correspondencia, sino que la naturaleza me enseñaba que esto es asÃ; pues no hay ciertamente ninguna afinidad ni relación, por lo menos al alcance de mi inteligencia, entre esa emoción del estómago y el pensamiento de tristeza que ese sentimiento produce en el espÃritu. Y, de la misma manera, parecÃame que la naturaleza me habÃa enseñado todas las demás cosas que juzgaba acerca de los objetos de los sentidos, porque notaba que los juicios que solÃa hacer de esos objetos formábanse en mà sin darme tiempo de pensar y considerar las razones que pudieran obligarme a hacerlos.