Cancion de Navidad
Cancion de Navidad Porque la gente que estaba retirando la nieve con las palas en los tejados estaba contenta y gozosa; se llamaban unos a otros desde los parapetos y de vez en cuando se intercambiaban juguetones bolazos de nieve —proyectiles de mejor naturaleza que muchas bromas verbales— riéndose a carcajadas si acertaban y no menos si fallaban. Las pollerías estaban todavía medio abiertas y las fruterías estaban resplandecientes. Había grandes cestos redondos y barrigudos llenos de castañas, con forma como de chalecos de viejos caballeros alegres repanchingados en las puertas y ocupando parte de la calle en su apoplética[18] opulencia. Había cebollas españolas gordas, de color castaño y rubicundo que brillaban en su gordura como frailes españoles y que hacían guiños desde las estanterías con desenfrenada picardía a las chicas que pasaban por allí y paseaban su mirada recatadamente por el muérdago que colgaba. Había peras y manzanas colocadas en florecientes pirámides; había racimos de uvas, hechos, en la benevolencia de los tenderos, para colgar llamativamente de ganchos bien a la vista, de manera que de forma gratuita a la gente se le hiciera la boca agua gratis al pasar; había montones de avellanas marrones y musgosas que recordaban, por su fragancia, viejos paseos entre los bosques y complacientes caminatas arrastrando los pies hundidos en las hojas marchitas hasta los tobillos; había manzanas cocidas de Norfolk, gorditas y tostadas, que hacían resaltar el color amarillo de las naranjas y los limones y, el aspecto terso de su jugosidad, rogaba y suplicaba urgentemente que se las llevaran a casa en un bolsa de papel y se las comieran después de cenar. Los mismísimos peces dorados y plateados, colocados entre esta variedad de frutas en una pecera, aunque miembros de una raza sosa y con la sangre estancada, parecían saber que estaba ocurriendo algo; y, para lo que es un pez, iban jadeando de un lado para otro con un lento y desapasionado entusiasmo.