Cancion de Navidad
Cancion de Navidad Mientras tanto la oscuridad y la niebla espesaron tanto que la gente iba corriendo con antorchas, ofreciendo sus servicios para ir delante de los caballos y los carruajes y guiarlos en su camino. La vieja torre de la iglesia, cuya vetusta y bronca campana estaba siempre observando a Scrooge a hurtadillas desde una ventana gótica que había en la pared, se hizo invisible y daba las horas y los cuartos entre las nubes dejando vibraciones trémulas como si los dientes le rechinaran en su cabeza congelada allí arriba. El frío se hizo intenso. En la calle principal, en la esquina de la plaza, unos trabajadores estaban reparando las tuberías del gas y habían encendido un buen fuego en un brasero alrededor del cual estaba reunido un grupo de hombres y muchachos harapientos, los cuales se calentaban las manos y ante las llamas cerraban los ojos extasiados. Al dejar abandonada la boca de agua, el agua que rebosaba se solidificaba en las sombras y se convertía en un hielo misántropo. El brillo de las tiendas donde los ramilletes de acebo y las bayas chisporroteaban en el calor de las lámparas de los escaparates, daba color a las caras pálidas al pasar. El trabajo de los polleros y de los tenderos se convirtió en una broma espléndida, un glorioso espectáculo, en el que era poco menos que imposible creer que unos principios tan aburridos como el regateo y la venta tuvieran algo que ver. El Alcalde, en la fortaleza de su poderosa Casa Consistorial, daba órdenes a sus cincuenta cocineros y mayordomos para que se guardara la Navidad como era debido en la casa de un alcalde; e incluso el humilde sastre, a quien había puesto una multa de cinco chelines el lunes anterior por ir borracho y buscando pelea por la calle, removía el pudín del día siguiente en su buhardilla mientras su enjuta mujer y el bebé salieron resueltamente a comprar la carne.