Casa desolada
Casa desolada UNA AVENTURA MATUTINA
Aunque la mañana estaba desapacible, y aunque la niebla parecĂa seguir siendo muy densa —y digo que lo parecĂa porque las ventanas estaban tan sucias que hubieran bastado para oscurecer el sol del verano—, yo ya estaba lo bastante advertida de las incomodidades de la casa a tan temprana hora, y sentĂa la suficiente curiosidad acerca de Londres, como para pensar que la señorita Jellyby habĂa acertado cuando me propuso salir a dar un paseo.
—Mamá va a tardar mucho en bajar —dijo—, y despuĂ©s serĂa rarĂsimo que el desayuno estuviera listo antes de una hora, por lo menos…; son de una pachorra… En cuanto a papá, se toma lo que puede y se va a su oficina. Nunca se toma un desayuno medio decente. Priscilla le deja el pan y algo de leche, si es que queda, encima de la mesa. A veces ya no queda leche, y otras veces se la bebe el gato. Pero me temo que debe usted de estar cansada, señorita Summerson; quizá prefiera acostarse.
—No estoy nada cansada, hija —contesté—, y preferirĂa, con mucho, salir a dar un paseo.
—Si está usted segura —replicó la señorita Jellyby—, voy a ponerme algo.