Casa desolada
Casa desolada —Eso fue cuando no debiste haber pedido nunca el aval, George, y cuando nunca te lo debimos dar, de habérnoslo pensado. Pero lo hecho, hecho está. Siempre has sido un chico honrado y veraz, a tu aire, aunque un poco frÃvolo. Por otra parte, no puedes dejar de reconocer que es natural que estemos preocupados, con esa amenaza pendiente sobre nuestras cabezas. De manera, George, que lo mejor es que todos nos perdonemos los unos a los otros. ¡Vamos, más vale que nos perdonemos los unos a los otros!
Como la señora Bagnet le da una de sus honestas manos, y la otra a su marido, el señor George le da una a cada uno de ellos y las aprieta mientras habla: