Casa desolada

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El señor Grubble estaba en mangas de camisa a la puerta de su tabernita, que era muy pulcra, esperándome. Se quitó el sombrero con las dos manos cuando me vio llegar, y llevándolo así, como si fuera un recipiente de hierro (así de pesado parecía), me precedió por el pasillo cubierto de serrín hasta su mejor aposento: una salita alfombrada con más plantas de las que cabían, una litografía en colores de la Reina Carolina, varias conchas, muchas bandejas para el té, dos pescados disecados en vitrinas de cristal y un extraño huevo, o quizá una extraña calabaza (no estoy segura de lo que era, y no creo que mucha gente lo supiera) que colgaba del techo. Yo conocía muy bien de vista al señor Grubble, porque se pasaba mucho tiempo a la puerta. Era un hombre de aspecto agradable, robusto, de mediana edad, que nunca parecía considerarse vestido cómodamente para estar en su propia casa si no llevaba el sombrero y las botas altas, pero que nunca se ponía la levita más que para ir a la iglesia.

Apagó la vela y, tras dar un paso atrás para ver qué aspecto tenía todo, salió de la salita, de modo inesperado para mí, pues iba a preguntarle quién me había hecho llamar. Entonces se abrió la puerta de la salita de enfrente y oí algunas voces, que me parecieron conocidas, que después se interrumpieron. Se acercaron unos pasos rápidos a la sala en que estaba yo, y, para gran sorpresa mía, apareció Richard.


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