Casa desolada
Casa desolada —Entonces, permÃteme qué te diga inmediatamente que lo celebro, porque ése es el tema en el que quiero que se me comprenda. ¡Pero, fÃjate, que me comprendas tú, hija! ¡No tengo que dar cuentas al señor Jarndyce ni a ningún señor!
Me dolió que hablara en aquel tono, y él lo observó.
—Bueno, bueno, hija mÃa —dicho Richard—, no entremos en eso ahora. Quiero aparecer tranquilamente en tu casa de campo, contigo del brazo, y dar una sorpresa a mi encantadora prima. ¿Supongo que tu lealtad a John Jarndyce te lo permite?
—Mi querido Richard —repliqué—, sabes que él te acogerÃa encantado en su casa, que es la tuya si tú lo deseas, e igualmente te acogemos en ésta.
—¡Has hablado como la mejor de las mujercitas! —exclamó Richard, alegre.
Le pregunté qué le parecÃa su profesión.
—¡Bueno, no me disgusta! —contestó Richard—. No está mal. De momento, vale igual que otra. No sé si me va a gustar mucho cuando me asiente, pero entonces puedo vender el despacho de oficial y…, pero todas estas bobadas no importan ahora.
¡Tan joven y tan guapo, y exactamente todo lo contrario de la señorita Flite en todos los respectos! ¡Y, sin embargo, en la mirada nublada, ansiosa, preocupada que tenÃa ahora, tan terriblemente parecido a ella!