Casa desolada
Casa desolada UN COMBATE
Cuando llegó el momento de que volviéramos a Casa Desolada, fuimos de una puntualidad exacta, y se nos hizo objeto de una bienvenida abrumadora. Yo había recuperado toda mi salud y mis fuerzas, y al ver que mis llaves estaban ya puestas en mi habitación, las sacudí como si se tratara de recibir alegremente el Año Nuevo. «Una vez más, a tus obligaciones, a tus obligaciones, Esther», me dije, «y si no te llena de alegría el tenerlas, y no estás colmada de contento y satisfacción, deberías estarlo. ¡Y eso es todo lo que tengo que decirte, querida mía!».
Las primeras mañanas fueron tan agitadas y ocupadas, dedicadas a pagar cuentas, a hacer tantos viajes de ida y vuelta al Gruñidero y a todas las demás partes de la casa, a volver a ordenar tantos cajones y armarios, y volverlo a empezar todo de nuevo, que no tuve ni un momento libre. Pero una vez ordenado y organizado todo, hice una visita de unas horas a Londres, visita que había decidido mentalmente hacer, debido a algo que contenía la carta que había destruido yo en Chesney Wold.