Casa desolada
Casa desolada El pretexto para aquella visita fue Caddy Jellyby (me resultaba tan natural llamarla por su nombre de soltera, que así la llamaba siempre), y antes le escribí una nota en la que le pedía el favor de su compañía en una pequeña expedición de negocios. Salí de casa a primera hora de la mañana, y llegué a Londres tan temprano en la diligencia, que cuando arrivé a Newman Street todavía tenía todo el día por delante.
Caddy, que no me había visto desde el día de su boda, estuvo tan alegre y tan afectuosa conmigo, que casi me dio miedo de que su marido sintiera celos. Pero él, en su propio estilo, estuvo igual de mal, quiero decir de bien, y en resumen fue igual que siempre, y nadie me dejó la menor posibilidad de hacer nada meritorio.
El señor Turveydrop padre estaba en la cama, me dijeron, y Caddy le estaba moliendo el chocolate, y que un muchachito melancólico que era aprendiz (me pareció muy curioso que se pudiera ser aprendiz del oficio del baile) estaba esperando para llevárselo al piso de arriba. Caddy me dijo que su suegro era sumamente amable y considerado, y que vivían muy contentos juntos (cuando ella decía vivir juntos, quería decir que el anciano caballero se quedaba con todas las cosas buenas y los apartamentos buenos, mientras que ella y su marido se quedaban con lo que podían y estaban apretadísimos en dos habitaciones que daban encima de los establos).
—¿Y cómo está tu mamá, Caddy?