Casa desolada

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—Bueno, Esther, tengo noticias suyas —respondió Caddy— por Papá, pero la veo muy poco. Celebro decir que nos llevamos muy bien, pero Mamá cree que es algo absurdo que me haya casado con un maestro de baile, y teme que se le contagie algo a ella.

Pensé que si la señora Jellyby hubiera cumplido con sus obligaciones y deberes naturales, antes de contemplar el horizonte con un telescopio en busca de otros, habría tomado todas las precauciones posibles contra el contagio del absurdo, pero huelga decir que no se lo comenté a nadie.

—¿Y tu papá, Caddy?

—Viene todas las tardes —me dijo Caddy—, y le gusta tanto quedarse sentado en ese rincón, que da gusto verle.

Miré al rincón, y vi marcada claramente la huella de la cabeza del señor Jellyby en la pared. Resultaba un consuelo saber que había encontrado ese lugar en que reposarla.

—¿Y tú, Caddy —pregunté—, siempre ocupada, estoy segura?

—Bueno, querida mía —me contestó—, la verdad es que sí, porque voy a decirte un gran secreto: estoy aprendiendo a dar lecciones. Prince no tiene una salud muy fuerte, y quiero ayudarle. Entre la escuela y las clases de aquí y los alumnos particulares y los aprendices, el pobre la verdad es que tiene mucho que hacer.


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