Casa desolada
Casa desolada —Es algo que le honra mucho, señorita, desde luego —dijo el señor Guppy… Si pudiera erigirse un altar sobre los lazos de la amistad…, ¡pero por mi alma que puede usté contar conmigo en todos los respectos, salvo en los de una tierna pasión!
El combate que estaba en marcha en las profundidades del corazón del señor Guppy, y las repetidas oscilaciones que le impulsaba a hacer entre la puerta de su madre y nosotras, eran suficientemente conspicuos en aquella calle ventosa (dado especialmente que le hacía falta un corte de pelo) como para obligarnos a irnos a toda prisa. Lo hice con un peso menos en el alma, pero la última vez que nos volvimos a mirar, el señor Guppy seguía debatiéndose con la misma inquietud que antes.