Casa desolada
Casa desolada —No era eso lo que iba a decir —replica Sir Leicester—. Celebro saberlo. Iba a sugerirte que, como la consideras digna de tu protección, ejercieras tu influencia para alejarla de esas manos peligrosas. PodrÃas mostrarle qué violencia harÃa esa relación a sus deberes y sus principios, y podrÃas reservarla para un destino mejor. PodrÃas señalarle que, con el tiempo, probablemente encontrarÃa en Chesney Wold un marido que no… —añade Sir Leicester tras un momento de reflexión— la arrancarÃa de los altares de sus antepasados.
Brinda esas observaciones con su cortesÃa acostumbrada y con la deferencia con la que siempre se dirige a su esposa. Ésta se limita a mover la cabeza en respuesta. Está saliendo la luna, y desde donde está sentada ella, es como un riachuelo de luz pálida y frÃa que le enmarca la cabeza.
—Merece la pena señalar, sin embargo —dice el señor Tulkinghorn—, que, a su estilo, esa gente es muy, pero que muy orgullosa.
—¿Orgullosa? —Sir Leicester no da crédito a sus oÃdos.
—No me sorprenderÃa que todos ellos abandonaran voluntariamente a la muchacha (sÃ, su enamorado y todos ellos), en lugar de abandonarlos ella, de suponer que ella siguiera en Chesney Wold en estas circunstancias.