Casa desolada

Casa desolada

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El mismo día pálido atisba a Sir Leicester, que perdona a un país arrepentido en un sueño majestuosamente condescendiente, y a los primos que ocupan diversos cargos públicos, y sobre todo empiezan a percibir sueldos, y la casta Volumnia que concede una dote de 50.000 libras a un general feo y viejo, con una boca llena de dientes falsos, como un piano con demasiadas teclas, que desde hace mucho tiempo es la admiración de Bath y el terror de todas las demás comunidades. También atisba otros dormitorios en las partes más altas del tejado, y los cuartos del servicio en los patios y encima de las cuadras, donde ambiciones más humildes sueñan con la felicidad, en forma de pabellones de guardabosques y de uniones en santo matrimonio con Will o con Sally. Se levanta el sol brillante y se lo lleva todo con él: los Wills y las Sallys, el vapor latente en la tierra, las hojas y las flores que caen hacia el suelo, los pájaros y los animales y los insectos, los jardineros que barren la hierba bañada por el rocío y revelan un terciopelo esmeralda por donde pasa el rodillo, el humo de la gran cocina que sube recto y alto por el aire iluminado. Por fin se iza la bandera por encima de la cabeza inconsciente del señor Tulkinghorn, para proclamar con animación que Sir Leicester y Lady Dedlock están en su dulce hogar y que reina la hospitalidad en su casa de Lincolnshire.



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