Casa desolada

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CAPÍTULO XLII

EL BUFETE DEL SR. TULKINGHORN

Desde las verdes ondulaciones y los añosos robles de la finca de los Dedlock, el señor Tulkinghorn se traslada al calor y el polvo rancios de Londres. La manera en que va y viene entre los dos lugares es uno de sus misterios. Llega a Chesney Wold como si estuviera al lado de su bufete y vuelve a su bufete como si nunca hubiera salido de Lincoln’s Inn Fields. No se cambia de ropa antes del viaje ni habla de éste después. Esta mañana se evaporó de su habitación en la torreta, igual que ahora, al oscurecer, se condensa en su propio distrito.

Como un pájaro sucio de Londres entre los pájaros que descansan en estas praderas agradables, donde todas las ovejas se convierten en pergamino, las cabras en pelucas y la hierba en paja, el abogado, secado al humo y desvaído, residente entre los humanos, pero sin relacionarse con ellos, envejecido sin haber experimentado la desenfadada juventud, y habituado desde hace tanto tiempo a formar su nido apretujado entre los huecos y los rincones de la naturaleza humana que ha olvidado que existen otras perspectivas más amplias y generosas, llega tranquilamente a su casa. En el horno que forman los ardientes suelos y los edificios ardientes ha quedado más cocido que de costumbre, y, en su mente sedienta, no piensa más que en su viejo oporto de más de medio siglo.


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