Casa desolada

Casa desolada

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El farolero sube y baja su escalera del lado de los Fields en que está el señor Tulkinghorn cuando ese noble sacerdote de los misterios de la nobleza llega a su propio y gris patio. Sube las escaleras y va a deslizarse al recibidor en penumbra cuando en el escalón de arriba se encuentra con un hombrecillo que se inclina propiciatorio.

—¿Es Snagsby?

—Sí, señor. Espero que se encuentre usted bien, señor. Estaba a punto de renunciar a ver a usted y de marcharme a casa.

—¿Sí? ¿De qué se trata? ¿Qué desea usted de mí?

—Pues, señor —dice el señor Snagsby, que se ha ladeado el sombrero en signo de deferencia para con su mejor cliente—, deseaba decirle una palabra, señor.

—¿Puede usted decírmela aquí?

—Perfectamente, señor.

—Dígala, pues —y el abogado apoya los brazos en la barandilla que hay en la escalera, y contempla cómo el farolero va alumbrando la plazoleta.

—Se refiere —dice el señor Snagsby en voz baja y misteriosa—, se refiere… por no andarnos con circunloquios… a la extranjera, señor.

Al señor Tulkinghorn le brillan los ojos de sorpresa:

—¿Qué extranjera?


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