Casa desolada

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CAPÍTULO XLIII

LA NARRACIÓN DE ESTHER

Poco importa ya cuánto pensé yo en mi madre, que estaba viva y que me había pedido que en adelante la considerase muerta. No podía aventurarme a acercarme a ella, ni a comunicarme con ella por escrito, pues mi sentido del peligro en que transcurría su vida sólo era comparable con mi temor de aumentarlo. Al saber que mi mera existencia como ser vivo era un peligro imprevisto para ella, no siempre podía dominar aquel terror a mí misma que se había adueñado de mí cuando me enteré del secreto. No me atrevía a pronunciar su nombre en ningún momento. Me daba la sensación de que no me atrevía ni siquiera a oírlo. Si en cualquier lugar en que estuviera yo la conversación iba en ese sentido, como naturalmente ocurría a veces, trataba de no escuchar, me ponía a contar mentalmente, me repetía algo para mis adentros o me iba de la sala. Ahora tengo conciencia de que muchas veces hacía todo aquello cuando no podía haber ningún peligro de que se hablara de ella, pero lo hacía por el temor que me inspiraba la posibilidad de oír algo que pudiera llevar a que la descubrieran, y a que la descubrieran por conducto mío.


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