Casa desolada
Casa desolada Poco importa ya la frecuencia con que recordaba yo los tonos de la voz de mi madre y me preguntaba si alguna vez la volvería a oír como tanto ansiaba, y pensaba en lo extraño y lo triste que era que aquella voz fuera tan nueva para mí. Poco importa que me quedara acechando toda mención en público del nombre de mi madre, que pasara y volviera a pasar ante la puerta de su casa de la ciudad y la amara, pero temiera mirarla; que una vez estuviera en el mismo teatro que mi madre y ella me viera, y que cuando estábamos tan separadas, en medio de numeroso público de todas las condiciones, todo vínculo o toda confianza entre nosotras pareciera un sueño. Todo, todo ha terminado. He sido tan afortunada que poco puedo decir de mí misma que no sea una historia de la bondad y la generosidad de otros. Más vale que deje atrás ese poco y siga adelante.
Cuando volvimos a estar asentadas en casa, Ada y yo tuvimos muchas conversaciones con mi Tutor en torno al tema de Richard. Mi ángel estaba muy dolida de que se portara tan mal con el amable primo de ambos, pero era tan leal a Richard que ni siquiera por eso podía soportar el hacerle un reproche. Mi Tutor lo sabía y jamás pronunciaba una palabra de reprobación en relación con el nombre de Richard. «Rick está equivocado, querida mía», le decía. «Bueno, bueno, todos nos hemos equivocado alguna vez. Hemos de confiar en que entre tú y el paso del tiempo le hagáis comprender su error».