Casa desolada

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Después supimos lo que entonces sospechábamos: que no había confiado en el paso del tiempo hasta después de haber intentado él mismo abrirle los ojos a Richard. Que le había escrito, ido a verlo, hablado con él, intentado por todos los medios de persuasión y amabilidad que podía idear su bondad. Nuestro pobre y cariñoso Richard estaba ciego y sordo a todo. Si se había equivocado, ya se corregiría cuando terminara el pleito en la Cancillería. Si andaba a tientas en la oscuridad, lo mejor que podía hacer era todo lo posible para disipar las nubes que tanto lo confundían y que le oscurecían todo. ¿Que las sospechas y los malentendidos eran por culpa del pleito? Entonces, que le dejaran a él resolver el pleito y así recuperar sus sentidos. Ésa era su respuesta siempre. Jarndyce y Jarndyce se había adueñado hasta tal punto de toda su naturaleza que era imposible hacerle ninguna consideración que no le bastara —con una especie de razonamiento retorcido— para darle un nuevo argumento favorable a lo que estaba haciendo. Una vez mi Tutor me dijo: «De forma que resulta todavía peor discutir con el pobre chico que dejarlo en paz».

Aproveché una de aquellas oportunidades para mencionar mis dudas de que el señor Skimpole fuera un buen consejero para Richard.

—¡Consejero! —exclamó mi Tutor, riéndose—. ¿Quién va a dejarse aconsejar por Skimpole?

—¿Sería mejor alentar? —pregunté.


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