Casa desolada

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—Sí, y actuó de forma muy rara cuando se sacó los zapatos y se mostró encantada con un paseo que podía haberla llevado a su lecho de muerte —comentó mi Tutor—. Sería una angustia y un tormento inútiles el ponerse a calcular con tantas posibilidades y probabilidades. Hay pocas circunstancias inofensivas que no puedan parecer preñadas de significados peligrosos si se pone uno a pensar así. Ten esperanzas, mujercita. No puede ser mejor de lo que ya eres; al saber todo esto, debes seguir siendo igual que eras antes de saberlo. Es lo mejor que puede hacer por todos nosotros. Y yo, al compartir el secreto contigo…

—Y aliviar mi carga tanto, Tutor —dije.

—… estaré atento a lo que ocurre en esa familia, en la medida en que pueda estarlo a tanta distancia. Y si llega el momento en que puedo alargar una mano para hacer el más mínimo favor a alguien que mejor es no nombrar ni siquiera aquí no dejaré de hacerlo por su querida hija.

Se lo agradecí de todo corazón. ¡Qué podía hacer yo más que estarle siempre agradecida! Iba a salir cuando me pidió que me quedara un momento. Me di la vuelta rápidamente y advertí que tenía aquella misma expresión, e inmediatamente, no sé cómo, se me ocurrió como una posibilidad nueva y remota, que yo comprendía.

—Mi querida Esther —dijo mi Tutor—, llevo mucho tiempo pensando en algo que deseaba decirte.


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