Casa desolada
Casa desolada Nos habÃamos detenido, y también el carruaje. Su música cambió cuando se pararon los caballos, y se redujo a un sutil cascabeleo, salvo cuando un caballo agitaba la cabeza o se sacudÃa, y provocaba una pequeña cascada de campanillas.
—Nuestro postillón va en busca del conductor —siguió diciendo Richard—, y el conductor viene hacia nosotros. ¡Buenos dÃas, amigo! —El conductor estaba junto a la puerta de nuestro coche, y Richard, mirándolo de cerca, exclamó:
—¡Qué cosa más extraordinaria! ¡Lleva en el sombrero tu nombre, Ada!
Llevaba en el sombrero los nombres de todos nosotros. Metidas en la cinta tenÃa tres notitas: una dirigida a Ada, otra a Richard y otra a mÃ. El conductor nos las entregó sucesivamente, tras primero leer el nombre en voz alta. En respuesta a la pregunta de Richard de quién las enviaba respondió brevemente:
—Mi jefe, señorito, y a sus órdenes —y se volvió a poner el sombrero (que era como un cuenco, pero blando), hizo restallar el látigo para volver a despertar su música y se marchó melodiosamente.
—¿Ese carruaje es el del señor Jarndyce? —preguntó Richard al postillón de nuestro coche.
—SÃ, señor —fue la respuesta—. Va a Londres.