Casa desolada

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CAPÍTULO XLVII

EL TESTAMENTO DE JO

Mientras Allan Woodcourt y Jo siguen por las calles en las que las altas torres de las iglesias y las distancias parecen tan próximas y tan nítidas a la luz matutina que la misma ciudad parece renovada por el descanso, Allan decide mentalmente cómo y a dónde va a llevar a su compañero. «Desde luego, es asombroso» —considera— «que en el centro del mundo civilizado este ser con forma humana tenga más dificultades para encontrar acomodo que un perro sin dueño». Pero por asombroso que resulte, así es, y las dificultades continúan.

Al principio mira a sus espaldas muchas veces, para asegurarse de que Jo efectivamente lo sigue. Pero, mire donde mire, ahí sigue, bien cerca de las paredes del otro lado, avanzando, tocando con la mano un ladrillo tras otro y una puerta tras otra, también él mira hacia él, atentamente, mientras lo sigue. Al cabo de un rato, convencido de que lo último que se le ocurrirá es escapar de él, Allan continúa, pensando ya sin esa otra preocupación, en lo que va a hacer.


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